terça-feira, 16 de agosto de 2011

Homilia da Missa de Abertura da #JMJ2011


Confira (na íntegra) a homilia da missa de abertura, feita pelo cardeal Antonio María Rouco Varela:


HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid
en la Eucaristía de apertura de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud
Plaza de la Cibeles, 16.VIII.2011; 20’00 h.
(Is 52, 7-10; Sal 95; Rom 8, 31b-35. 37-39; Jn 21, 15-19)


Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1.      ¡Bienvenidos a Madrid para la XXVI Jornada Mundial de la Juventud convocada por nuestro Santo Padre Benedicto XVI hace tres años en Sydney y que se inicia con la solemne celebración eucarística en esta céntrica Plaza madrileña de la Cibeles!

¡Bienvenidos Sres. Cardenales, Arzobispos y Obispos! ¡Os saludo con afecto fraterno en el Señor! Os acompañan numerosos sacerdotes, consagrados y consagradas y una ingente multitud de jóvenes, esperanza y futuro de nuestras Iglesias particulares, de nuestros pueblos y naciones, ¡de la Iglesia entera!

2.      Permitidme que me dirija a ellos directamente como Pastor de la Iglesia Diocesana de Madrid y como Presidente de la Conferencia Episcopal Española y que les diga con todo el corazón:

Queridos jóvenes del mundo: ¡Bienvenidos a España! Muchos de vosotros habéis experimentado y apreciado ya en los días de la semana previa en vuestro recorrido por las Diócesis españolas la cordial acogida y el amor fraterno de vuestros hermanos los jóvenes de España, de sus familias, de sus comunidades y de sus Pastores. Habéis podido comprobar que esa actitud de brazos abiertos y de cálida simpatía tiene que ver profundamente con el hecho vivo de un viejo país formado por una comunidad de pueblos: ¡España!, cuya principal seña de identidad histórica, ¡de su cultura y modo de ser!, es la profesión de la fe cristiana de sus hijas e hijos en la comunión de la Iglesia Católica. La personalidad histórica de España se forja con rasgos inconfundibles en torno a la visión cristiana del hombre y de la vida desde los albores mismos de su historia, iniciada en gran medida con la primera andadura de la predicación apostólica en suelo español hace casi dos mil años. Uno de los más lúcidos escritores e intérpretes de la España contemporánea pudo decir: “España se constituye animada por un proyecto histórico que es su identificación con el cristianismo”[1].

3.      ¡Bienvenidos a España y bienvenidos a Madrid, su Capital! La Iglesia metropolitana de Madrid con sus Diócesis sufragáneas, Alcalá de Henares y Getafe, os abren no sólo las puertas físicas de sus parroquias, de sus colegios, de sus más variados edificios e instalaciones culturales y deportivas, junto con las cedidas generosamente por las instituciones públicas y privadas para este acontecimiento singular, sino, también, esos ámbitos más humana y cristianamente cálidos que son sus familias y sus comunidades. Es decir: ¡os abren las puertas de su corazón!

¡Sentíos como en vuestra propia casa, como en vuestro propio hogar! La Iglesia y el pueblo de Madrid quiso −y quiere− ser para todos vosotros desde ayer mismo, en ese siempre difícil momento de la llegada y del alojamiento de los peregrinos y durante los días de la Jornada que culminan el domingo, lugar propicio para vivir la amistad y la fraternidad cristiana en el marco a la vez humano y divino de la Iglesia Universal, que es Casa y Familia de los hijos de Dios esparcidos por toda la faz de la tierra. Y así como España no es inteligible sin su bimilenaria tradición católica, Madrid, residencia real y su Capital desde la segunda mitad del siglo XVI, en plena irrupción de la Modernidad, tampoco. Las raíces cristianas de esta ciudad, muy antiguas, bien identificadas al iniciarse el segundo milenio del cristianismo, siguen vivas y vigorosas influyendo en la configuración de su fisonomía social, cultural y humana, pero, sobre todo, de su alma: ¡el alma de sus hijos e hijas! ¡Madrid es una ciudad acogedora y cordial de todos los que la visitan, vengan de donde vengan!

4.      Las Jornadas Mundiales de la Juventud, con su ya larga trayectoria de más de un cuarto de siglo, son inseparables del Beato, en cuya memoria celebramos esta tarde la Eucaristía en la Plaza de la Cibeles madrileña; muy cerca, por cierto, del lugar en que él mismo presidió tres grandes celebraciones en los años 1982, 1993 y 2003. Os estoy hablando del inolvidable, venerado y querido Juan Pablo II. ¡El Papa de los jóvenes! Con Juan Pablo II se inicia un periodo histórico nuevo, ¡inédito!, en la relación del Sucesor de Pedro con la juventud, y, consecuentemente, una hasta entonces desconocida relación de la Iglesia con sus jóvenes: relación directa, inmediata, de corazón a corazón, impregnada de una fe en el Señor, en Jesucristo, entusiasta, esperanzada, alegre, contagiosa. Desde aquella convocatoria primera de la Jornada de 1985 en Roma hasta esta Jornada de Madrid se ha ido desgranando una bella historia de fe, esperanza y amor en tres generaciones de jóvenes católicos y no católicos, que han visto cómo se transformaba su vida en Cristo y cómo surgían entre ellos innumerables vocaciones para el sacerdocio, la vida consagrada, el matrimonio cristiano y el apostolado. La santidad personal de Juan Pablo II brilla con un atractivo singular precisamente en este aspecto de la evangelización de los jóvenes contemporáneos. Nuestro Santo Padre Benedicto XVI no ha dudado en resaltar el amor a los jóvenes de Juan Pablo II en la Homilía de su Beatificación el primero de Mayo en la Plaza de San Pedro.

5.      El secreto de esa luminosa personalidad, moldeada en la perfección de la caridad, se desvela fácilmente a la luz de la Palabra de Dios que ha sido proclamada. La clave de explicación de toda su vida, consagrada al Señor, a la Iglesia y al hombre, no es otra que su encendido amor a Jesucristo, del que, como San Pablo, no quiso apartarse nunca. Juan Pablo II pasó también en su vida por la aflicción, por la angustia, por la persecución, por las carencias más elementales en los años de la II Guerra Mundial, de la ocupación implacable y cruel de su patria, del despojo inhumano de los suyos… Sufrió el dolor de los perseguidos por la causa de Cristo antes y después de su elección a la Sede de Pedro: literalmente, hasta la sangre. Testigo indomable de la verdad y de la esperanza cristiana, vivió la verdad del “si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?”, sin miedo a ninguna oposición interna o externa a la Iglesia. ¡Fue un valiente de Cristo! Nada pudo apartarle de su amor.

¡Que emocionante resulta imaginarse y revivir los momentos de su diálogo íntimo con el Señor cuando le pregunta si “le ama más que éstos”! ¡Cuántas veces le habrá respondido en las más críticas, doloridas y decisivas circunstancias de sus años de Pastor de la Iglesia Universal: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”! El Papa sabía muy bien que apacentar las ovejas de Jesús comportaba dejase “ceñir” por otro y ser llevado adonde uno no quisiera.

6.      Este amor apasionado a Jesucristo es precisamente lo que fascinaba y cautivaba a los jóvenes. Comprendían que de este modo ellos eran queridos y amados por el Papa de verdad: sin halagos, ni disimulos; ni interesada, engañosa o superficialmente; sino con toda la autenticidad del que sólo buscaba su bien, el bien de sus vidas: ¡su felicidad!, ¡su salvación! Y lo buscaba entregando, sin reservase nada, la propia vida. Lo intuían con el corazón más que lo razonaban con la cabeza. No es extraño, pues, que viesen en el Papa a aquel mensajero de la gracia y de la paz de Jesucristo, anunciado por el Profeta Isaías, cuando decía: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: «Tu Dios es rey»!”. Quien quiera que haya vivido las Jornadas Mundiales de Buenos Aires, Santiago de Compostela, Czestochowa, Denver, Manila, Paris, Roma, Toronto… habrá podido constatar que en la forma de recibir al Papa, con aquella mezcla tan entrañable de júbilo y respetuosa ternura, los jóvenes demostraban que le estaban reconociendo como aquel que venía a su encuentro en el nombre del Señor.

7.      A partir de la IV Jornada Mundial de la Juventud en Santiago de Compostela en 1989 las Jornadas se conciben y viven como el final gozoso de una peregrinación, fuese cual fuese el lugar de su celebración, sintonizando con el estilo atrayente de la tradición cristiana. Al invitaros a participar en esta Jornada de Madrid, la vigésimo sexta, el Papa os está diciendo: poneos en camino para un nuevo encuentro con el Señor, el amigo, el hermano, ¡Jesucristo! El es el único que puede comprenderos y conduciros a la verdad; daros la vida que no acaba nunca; daros la felicidad: ¡el Amor verdadero! Sí, los jóvenes de las Jornadas Mundiales de la Juventud han sido desde Santiago de Compostela y para siempre peregrinos de la Iglesia. Recorren en comunión con ella un excepcional itinerario espiritual de consecuencias decisivas para el futuro de sus vidas. Comprueban que la senda señalada por el Sucesor de Pedro les lleva efectivamente a Cristo sin que ningún poder humano pueda impedirlo. Senda para su búsqueda; pero sobre todo, camino para su encuentro. Él es el que toma la iniciativa. Juan Pablo II nos recordaba en “el Monte del Gozo” compostelano en la vigilia de la noche del 19 de agosto de 1989 que “la tradición espiritual del Cristianismo no sólo subraya la importancia de nuestra búsqueda de Dios. Resalta algo todavía más importante: es Dios que nos busca. Él nos sale al encuentro”. ¡Cristo es, queridos jóvenes, el que os busca y sale al encuentro en la Jornada Mundial de la Juventud de Madrid 2011! Dejarse encontrar por Él es la clave del éxito de toda Jornada Mundial de la Juventud. Y, por supuesto, también de ésta que hoy comenzamos. ¡Será vuestro éxito!

8.      Benedicto XVI, nuestro Santo Padre, ha presidido las Jornadas de Colonia en agosto de 2005 y de Sydney en julio del 2008 en continuidad creativa con Juan Pablo II. ¡Inolvidables ambas! Pasado mañana, día 18 de agosto, llegará D.m. a Madrid, para presidir la que hoy y ahora se inicia con la Acción de Gracias y la Plegaria Eucarística de este atardecer madrileño en la Plaza de la Cibeles. En su llamada dirigida a vosotros, jóvenes del avanzado comienzo del Tercer Milenio, resuenan con nuevos y sugestivos acentos la misma solicitud paternal y el mismo amor que movió al Beato Juan Pablo II a instituir las Jornadas Mundiales de la Juventud. Vosotros, los jóvenes que os encontráis aquí, y otros muchos que hubieran deseado participar en nuestra Jornada de Madrid y no han podido o no han querido, sois la generación de Benedicto XVI. No es la misma que la de Juan Pablo II. Vuestro “sitio en la vida” tiene sus peculiaridades. Vuestros problemas y circunstancias vitales se han modificado. La globalización, las nuevas tecnologías de la comunicación, la crisis económica, etc., os condicionan para bien y, en muchas ocasiones, para mal. A los jóvenes de hoy, con raíces existenciales debilitadas por un rampante relativismo espiritual y moral, “encerrados por el poder dominante” (Benedicto XVI. Mensaje para la JMJ 2011, 1), y sin hallar sólidos fundamentos para vuestras vidas en la cultura y la sociedad actuales, incluso, no rara vez, en la propia familia…, se os tienta poderosamente hasta los límites de haceros perder la orientación en el camino de la vida: ¿Cómo no va a vacilar a veces vuestra fe? La juventud del siglo XXI necesita, tanto o más que las generaciones precedentes, encontrar al Señor por la única vía que se ha demostrado espiritualmente eficaz: la del peregrino humilde y sencillo que busca su rostro. El joven de hoy necesita ver a Jesucristo cuando Él le sale al encuentro en la Palabra, en los Sacramentos, “también, muy especialmente, en la Eucaristía y en el Sacramento de la Penitencia, en los pobres y enfermos, en los hermanos que están en dificultad y necesitan ayuda” (Benedicto XVI. Mensaje, 4). Necesita verle y entrar en diálogo íntimo con Él, que le ama sin pedirle nada a cambio, salvo la respuesta de su amor. La intención del Papa, que tanto os quiere, va justamente en esta dirección: que experimentéis en la Comunión Católica de la Iglesia la verdad y la imperiosa urgencia de hacer vida vuestra el lema de la Jornada Mundial de la Juventud 2011: “arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe” (Cf. Col 2,7).

9.      Juan Pablo II concebía las Jornadas Mundiales de la Juventud como un valiosísimo instrumento de la nueva evangelización. También, nuestro Santo Padre Benedicto XVI.

Queridos jóvenes: ¡vivid, pues, esta celebración eucarística de la inauguración de la Jornada Mundial de la Juventud agradeciendo al Señor el sentiros llamados desde este mismo momento a ser sus discípulos y testigos! ¡No lo dudéis! Jesucristo os muestra el camino y la meta de la verdadera felicidad. No sólo a vosotros; también a vuestros compañeros y amigos alejados de la práctica religiosa e, incluso, de la fe o desconocedores de la misma. Jesús os busca para enraizarse en vuestro corazón de jóvenes del Tercer Milenio. Vivid la celebración como la gran Plegaria de la Iglesia que ofrece el Sacrificio de Jesucristo Crucificado y Resucitado al Padre como suyo propio por la salvación de todos los hombres; y en la Comunión eucarística de su Cuerpo y de su Sangre no rehuyáis que os haga enteramente suyos. Tened presente estos días que el Señor, por medio del Papa, os va a preguntar: ¿aceptáis el formidable y hermoso reto de “la nueva evangelización” de vuestros jóvenes coetáneos? Respondedle que sí, recordando aquella vibrante y valiente llamada de Juan Pablo II en la Homilía del Monte del Gozo el 20 de agosto de 1989: ¡“No tengáis miedo a ser santos”! ¡“dejad que Cristo reine en vuestros corazones”! Respondedle que sí con toda la capacidad de ilusión y apertura generosa a los grandes ideales de la vida que os es tan propia. ¡Responded a la renovada llamada de Benedicto XVI con un claro y coherente compromiso de vida! Se evangeliza con las palabras y con las obras, hoy más que nunca. Juan Pablo II decía a los jóvenes españoles en la Vigilia Mariana de “Cuatro Vientos”, el 3 de mayo de 2003, que la nueva evangelización es una tarea de todos en la Iglesia: “En ella los laicos tienen un papel protagonista, especialmente los matrimonios y las familias cristianas, sin embargo, la evangelización requiere hoy con urgencia sacerdotes y personas consagradas. Por lo tanto, si en estos días oyes la llamada de Dios “que te dice: «¡Sígueme!» (Mc 2, 14; Lc 5.22), no lo acalles. Sé generoso, responde como María ofreciendo el sí gozoso de tu persona y de tu vida”.

10.    Al cuidado maternal de la Virgen María, Madre del Señor y Madre de la Iglesia, nos confiamos al iniciar la Jornada Mundial de la Juventud 2011. Los madrileños la invocan como su Patrona bajo la advocación de “Santa María, la Real de la Almudena”. María ha velado siempre por la firmeza de la fe, por la certeza de la esperanza y por el ardor de la caridad de todas sus hijas e hijos de Madrid. ¡Que vele muy especialmente estos días por vosotros, los jóvenes de esta Jornada Mundial de la Juventud del 2011, peregrinos a esta ciudad eminentemente mariana que es Madrid para el encuentro con el Santo Padre! ¡Que os cuide como sólo ella sabe hacerlo!, ¡que cuide a nuestro Santo Padre Benedicto XVI, a los Obispos y sacerdotes, a todos vuestros Pastores y acompañantes! ¡que cuide y proteja a vuestras familias! Rememorando la oración de Juan Pablo II, recitada al finalizar la inolvidable Vigilia del Rosario, ya mencionada −¡su broche de oro!−, os invito a implorar esta noche a María con sus mismas palabras:

“Dios te salve, María, llena de gracia.
Esta noche te pido por los jóvenes
venidos a Madrid desde todos los rincones de la tierra,
jóvenes llenos de sueños y esperanzas.
Ellos son los centinelas del mañana,
el pueblo de las Bienaventuranzas:
son la esperanza viva de la Iglesia y del Papa.
Santa María, Madre de los jóvenes,
intercede para que sean testigos de Cristo Resucitado,
apóstoles humildes y valientes del tercer milenio,
heraldos generosos del Evangelio.
Santa María, Virgen Inmaculada,
reza con nosotros,
reza por nosotros”. Amén.

Santos Patronos de la JMJ 2011 −San Isidro Labrador y Santa María de la Cabeza, San Ignacio de Loyola, San Juan de Ávila, San Francisco Javier, San Juan de la Cruz, Santa Rosa de Lima, San Rafael Arnáiz− ¡rogad por nosotros!

¡Beato Juan Pablo II ruega por nosotros, ruega por los jóvenes de la JMJ 2011 para que abran de par en par sus corazones a la gracia salvadora de Cristo, el único Redentor del hombre, en estos extraordinarios días del Espíritu en los que queremos “contar las maravillas del Señor a todas las naciones”!

Amén.


[1] Julián Marías, España inteligible. Razón histórica de las Españas, Madrid 2002, 416.

segunda-feira, 15 de agosto de 2011

Dia 15 de agosto, início da Quaresma de São Miguel Arcanjo.



Demos início no dia de ontem à Quaresma de São miguel Arcanjo. Por ser nosso Baluarte, incentivamos esta piedade popular em nossas Casas e também para todos os que comungam de nossa espiritualidade e Carisma:


Início da Quaresma: 15 de agosto a 29 de setembro (Festa de São Miguel).
No dia 20 de setembro pode-se iniciara novena em honra à São Miguel Arcanjo juntamente com as outras orações.

Todos os dias da quaresma de São Miguel:
  • Acender uma vela benta;
  • Oferecer uma penitência;
  • Fazer o sinal da cruz.
  • Rezar a oração inicial;
  • Rezar a ladainha de São Miguel

Oração Inicial (pequeno exorcismo):
São Miguel Arcanjo, defendei-nos no combate, sede nosso refúgio contra a maldade e as ciladas do demônio! Ordene-lhe Deus, instantemente o pedimos; e vós Príncipe da Milícia Celeste, pela virtude Divina, precipitai ao inferno a satanás e a todos os espíritos malignos, que andam pelo mundo para perder as almas. Amém.

Sacratíssimo Coração de Jesus! Tende Piedade de nós.
Repetir três vezes.

Esta devoção deve-se a São Francisco de Assis que sempre fazia orações especiais à São Miguel, quarenta dias antes da festa do Arcanjo.
Foi difundida através dos seus discípulos que o imitavam nessa devoção e recebiam graças.
E até hoje, temos esse belíssimo costume de consagrar nossas vidas à São Miguel.
O que é necessário?
Antes de tudo, termos os devidos cuidados para não cairmos em superstição.
A superstição é o desvio do sentimento religioso e das práticas que ele impõe. Então o nosso coração deve estar reconciliado com Deus e cheio de bons propósitos.
Após esta análise de sua vida, faça um altar com a imagem ou foto de São Miguel colocando velas ou lamparinas bentas, e flores para enfeitar o altar.
Durante a Quaresma, faça penitências, jejuns e abstinências e uma boa confissão.
Fazer seu pedido particular e principalmente pela libertação da família, quebra de maldição, do jugo hereditário, ocultismo e outras intenções.
Rezar as orações mencionadas abaixo e no dia 29 de setembro participar da Festa de São Miguel com a Santa Missa.
  1. Rezemos a São Miguel nos dez primeiros dias da quaresma por toda cura e libertação de todos os vícios de dependência química (álcool, drogas, cigarros) também vícios de jogos, de compulsividade (para comprar, comer);
  2. Nos dez segundos dias da quaresma rezemos além das nossas intenções particulares, também por toda a cura e libertação de maldições em nossas pontes de gerações, como : desordens sexuais, adultério, roubo, alcoolismo, perseguições, divórcios, abortos, mortes repentinas, idolatrias.
  3. Nos dez terceiros dias da quaresma, rezemos por toda libertação de malefícios a agouros que possam ter atingido sua vida e os seus negócios como também sua profissão e estudos: dificuldades financeiras, perdas, insucessos, invejas, ciúmes, trapaças.
  4. Nos dez quartos dias da quaresma, rezemos por toda cura e libertação física e espiritual: doenças psíquicas como: transtorno bipolar, esquizofrenia, síndrome do pânico, doenças físicas como: dores na coluna, enxaquecas, anemias, desmaios, bronquites, asmas, alergias e outros.

Providenciar um altar para São Miguel com uma imagem ou uma estampa.

http://www.oracoes.info/SaoMiguel09.html

quinta-feira, 11 de agosto de 2011

Liturgia da Palavra: Mulher, grande é a tua fé!


Por Dom Emanuele Bargellini, Prior do Mosteiro da Transfiguração

SÃO PAULO, quinta-feira, 11 de agosto de 2011 (ZENIT.org) – Apresentamos o comentário à Liturgia da Palavra do 20º domingo do Tempo Comum –  Is. 56, 1.6-7; Rm 11, 13-15;.29-32; Mt 15, 21-28 –, redigido por Dom Emanuele Bargellini, Prior do Mosteiro da Transfiguração (Mogi das Cruzes - São Paulo). Doutor em liturgia pelo Pontificio Ateneo Santo Anselmo (Roma), Dom Emanuele é monge beneditino camaldolense.
* * *

20° DOMINGO DO TEMPO COMUM –A

Mulher, grande é a tua fé!

Leituras: Is. 56, 1.6-7; Rm 11, 13-15;.29-32; Mt 15, 21-28

“Mulher, grande é a tua fé! Seja feito como tu queres!” E desde este momento sua filha ficou curada. (Mt 15,28). 

Eis que por fim, esta mãe sofrida pela sorte da filha, esta mulher estrangeira e pagã, estranha ao povo de Israel, à sua dignidade de povo de Deus e à sua religiosidade, elementos que constituem a identidade e o orgulho dos judeus diante dos outros povos, com sua fé confiante e perseverante, conduz Jesus a superar toda discriminação das pessoas diante da aliança do Senhor, na base da raça, do sexo e da religião.
A cura imediata da filha é a prova visível da potência da fé dos simples de coração e da salvação que vem de Jesus. Assim como, ao contrário, por falta de fé dos seus concidadãos, Jesus tinha experimentado a impossibilidade de realizar algum milagre e cura em Nazaré (Mc 6,5-6). 
Com a presença de Jesus, a fé nele constitui a única condição e a verdadeira maneira de participar na herança “dos filhos” de Abraão, e de pertencer ao povo de Deus. Paulo chegará a formular com clareza este eixo central da boa nova de Jesus, na carta aos Gálatas: “Abraão confiou em Deus e isso lhe foi anotado como crédito. Compreendei que filhos de Abraão são os que têm fé. A escritura previa que os pagãos obteriam justiça pela fé, e assim Deus antecipa para Abraão a boa noticia: ‘por ti, todas as nações serão abençoadas’. Assim os que crêem são abençoados com Abraão que teve fé” (Gl 3, 6-9- trad. Bíblia do peregrino). 
A fé não somente insere na linhagem espiritual de Abraão, fazendo dos que crêem filhos/as dele, mas os faz “filhos/as de Deus” pela união deles a Cristo, condição que não anula as distinções entre as pessoas, mas supera toda discriminação na única família de Deus. Nesta única família, unida pela mesma fé, se realiza a promessa da fecundidade feita por Deus a Abraão: “Vós todos  sois filhos de Deus pela fé em Cristo Jesus, pois, todos vós, que fostes batizados em Cristo, vos vestistes de Cristo. Não há judeu nem grego, não há escravo nem livre, não há homem nem mulher; pois vós sois um só em Cristo Jesus. E se vós sois de Cristo, então sois descendentes de Abraão, herdeiros segundo a promessa” (Gl 3, 26-29).
A visão do apóstolo nos oferece a perfeita realização da profecia de Isaías (Is 56,1.6-7- primeira leitura) sobre a acolhida dos pagãos em Jerusalém, cidade santa de Deus, a incorporação deles no povo de Deus, e a participação até o culto no templo, cume da identidade dos israelitas e seu direito exclusivo. Na pessoa de Jesus o templo se torna “casa de oração para todos os povos” (cf. Mt 21, 13; Jo 2, 19-22), posto que Ele, Jesus, é o verdadeiro o templo vivo.
Talvez não nos surpreenda muito a escassa sensibilidade dos discípulos diante da imploração sofrida da mãe da menina doente, que chega a ponto de pedir para que Jesus simplesmente a e para não mais incomodá-los (Mt 15,23). A mesma atitude eles tinham expressado diante do povo faminto, que estava seguindo e escutando a Jesus havia três dias (cf Mt 14,15).
O que nos toca profundamente, porém, é o silêncio inicial com que Jesus reage ao grito implorante da mulher: “Senhor, filho de Davi, tem piedade de mim: minha filha está cruelmente atormentada por um demônio. Mas Jesus não lhe respondeu palavra alguma” (Mt 15, 22-23).  Trata-se do mesmo Jesus que, não só toma cuidado e cura todo doente que o procura, mas que mais de uma vez, toma ele mesmo a iniciativa de curar uma pessoa, sem que ela tivesse até mesmo manifestado algum pedido de socorro! Todo mundo lembra, por exemplo, da cura da mulher encurvada, efetuada na sinagoga em dia de sábado (cf. Lc 13,10-17), ou a cura do homem da mão paralisada, nas mesmas condições (cf. Lc 6,6-9).  
O misterioso silêncio inicial de Jesus, com certeza estimula a insistência da mulher.  Sobretudo nos deixa vislumbrar o mistério do “tempo oportuno”, preordenado pelo Pai, em vista da plena manifestação da ação de Jesus como Messias e salvador. Aquele tempo que São João chama de a “hora de Jesus”, e que o próprio Jesus espera com ansiedade e determinação, enquanto se identifica com sua paixão, morte e ressurreição.
Por ocasião das núpcias de Caná ele responde com determinação à sua mãe que o solicitava a intervir em prol dos noivos que se encontravam em dificuldade: “Que queres de mim mulher? Minha hora ainda não chegou” (Jo 2, 3-4). A fé confiante de sua mãe, faz com que de fato Jesus “antecipe” a sua hora: “Sua mãe disse aos serventes: “Fazei tudo o que ele vos disser” (2,5). A água transformada em vinho marcou o inicio dos sinais de Jesus, manifestou a sua “glória “e despertou a fé dos discípulos. (cf Jô 2, 11-12). 
No encontro de Jesus com a mulher pagã, assim como nas núpcias de Caná, nos deparamos com a mesma pedagogia divina acerca dos tempos de desenvolvimento da semente do reino. Tempos estes que só o Pai conhece. Jesus assume esta mesma pedagogia do Pai e ensina aos discípulos a assumi-la na própria vida. No caminho espiritual, a espera, e até mesmo os atrasos, dizem os Padres da Igreja, aumenta o desejo e faz com que se chegue a encontrar o amado com maior intensidade e alegria. 
A capacidade de esperar na fidelidade de Deus e de perseverar na esperança comprova a qualidade da fé e do amor. “Os desejos santos crescem com a demora; mas se diminuem com o adiamento, não são desejos autênticos”, afirma São Gregório Magno (Hom. sobre os evangelhos, 25, 4-5; em Lit das Horas Vol. 3, 1436). 
A insistência perseverante na oração filial, à qual nos convida Jesus, não é uma barganha comercial com Deus, com o intuito de dobrá-lo às nossas supostas necessidades ou desejos. É a expressão do amor confiante que alcança o coração do Pai. E Ele providencia o que é melhor para seus filhos e filhas. “Pedi e vos será dado; buscai e vos será aberto; pois todo o que pede recebe; o que busca acha e ao que bate se lhe abrirá... Ora se vós, que sois maus sabeis dar boas coisas aos vossos filhos, quanto mais vosso Pai que está nos céus dará coisas boas aos que lhe pedem” (Mt 7, 7-8.11). Pode-se notar que S. Lucas, em lugar de “coisas boas”, coloca “o Espírito santo”. Isto diz que o Pai nos concede como dom mais precioso o seu próprio Espírito, e com o Espírito a verdadeira relação filial para cumprir sua santa vontade. 
O exemplo dos grandes amigos de Deus e potentes intercessores para o povo junto dele, nos abrem o caminho na direção desta atitude interior. Abraão (Gn 18,17-33), Moisés (Ex 32,7-14), e o próprio Jesus, que pela sua submissão ao Pai foi arrancado do poder da morte (cf. Heb 5,7) e agora, glorificado, vive para sempre junto do Pai e intercede por nós (cf. Hebr 7,25). A mulher cananéia, declara Jesus, pertence a esta família de autênticos filhos e filhas de Deus e de potentes intercessores: “Mulher, grande é a tua fé. Seja feito como tu queres!”. 
Uma segunda razão ainda mais complexa daquela do silêncio inicial de Jesus está no reconhecimento da prioridade de Israel no anúncio do reino de Deus, segundo a Aliança estabelecida com os pais e as promessas feitas a Abraão, aos patriarcas e aos profetas. O reconhecimento desta prioridade de Israel, junto com seu aperfeiçoamento na comunidade nascida da cruz de Cristo, é um critério basilar de toda a Escritura. Isso determina a unidade do projeto salvífico de Deus que se manifesta na unidade do Antigo e do Novo testamento. Segundo a fé cristã, Jesus é o centro e o cumprimento deste plano divino, que faz da história humana a história da realização do projeto salvífico de Deus, a história da salvação. 
O segundo passo de Jesus no seu diálogo com a cananéia o afirma: “Eu fui enviado somente às ovelhas perdidas da casa de Israel” (Mt 15, 24).
Correntes consistentes do pensamento entre os letrados e as autoridades religiosas de Israel tinham transformado a prioridade da eleição e a missão de testemunha de Israel, derivante da aliança, em “privilegio exclusivo”, e a observância material das normas da Torá, em mecanismos automáticos de salvação. Contra estas presunções reagem os profetas e o próprio Jesus, que, enquanto reconhece a primazia da eleição de Israel, derruba as barreiras impróprias erigidas pelos homens, colocando ao invés a fé da pessoa no centro da relação com Deus. 
A mesma comunidade dos discípulos de Jesus, porém, teve que trilhar um longo caminho para superar o preconceito contra os pagãos, e precisou de uma longa viagem interior iluminada pelo Espírito Santo, como atestam os Atos dos Apóstolos e as Cartas de Paulo, para entrar definitivamente na perspectiva universalista de Jesus. A redação do texto de Mateus, proclamado hoje parece refletir a fadiga inicial da mesma comunidade. 
A tentação de se considerar exclusivos depositários da verdade do Senhor está hoje totalmente ausente das nossas comunidades? Somos acolhedores das pessoas que estão em busca do sentido da vida, com os mesmos sentimentos de generosa acolhida que Jesus Ressuscitado transmitiu aos discípulos? 
A narração do encontro com a mulher pagã, nos oferece em maneira plástica as etapas e a gradualidade do caminho percorrido pelo próprio Jesus, e que se torna exemplar pelos discípulos: do silêncio inicial, à menção dos pagãos como “cachorinhos”, à insistência perseverante da mulher, até a proclamação da grandeza da sua fé, que abre a porta à salvação expressa na cura da filha. 
Esta é de fato uma perspectiva muito parecida com aquela que Jesus exalta no centurião romano (Mt 8, 10-12).
A fundamentação da pertença ao reino de Deus na fé e sua extensão de Israel aos pagãos e a todos os seres humanos em Cristo, para que nele tenham salvação, constituem o âmago do evangelho do Novo Testamento e a herança essencial da Igreja de todos os tempos. Israel e os pagãos recebem em igualdade de condições a misericórdia de Deus, e delas vivem (Rm 11, 32).
Isto, todavia, se encontra com o mistério da recusa por parte da maioria do povo de Israel, primeiro destinatário das promessas de Deus. O “pequeno resto” que aceita, fica como testemunha da fidelidade de Deus e da esperança alimentada por todos em Cristo.  
O feito da recusa de Israel, junto com a permanência da sua eleição e missão, interpelará ao longo dos séculos e até hoje, a consciência da Igreja num nível teológico, assim como marcará as relações sociais e religiosas entre os cristãos e os judeus, muitas vezes conflituosas, até as tragédias do anti-semitismo do século vinte. 
Paulo, mesmo na angústia da sua consciência de filho de Israel e discípulo de Jesus, proclamado Messias e Senhor de toda a humanidade, declara com força: “os dons e a vocação de Deus são irrevocáveis” (Rm 11,29 ). Os capítulos 9-11 da carta aos Romanos, da qual provêm a segunda leitura de hoje, dá testemunho deste tormento interior diante do duplo mistério, da recusa de Israel por uma parte e da fidelidade absoluta de Deus à sua aliança com os pais de Israel e de Jesus.
O Concílio Vaticano II, na Constituição Dei Verbum, pôs em luz mais uma vez a unidade e a irrevogabilidade da Aliança de Deus e seu cumprimento pleno em Cristo: a Igreja está caminhando nos trilhos de Israel rumo ao cumprimento do reino de Deus com a vinda gloriosa de Cristo. 
Foi superada definitivamente a idéia teológica, difusa em certos ambientes cristãos, e que teve também graves consequências práticas na história, que a Igreja “substituiu” Israel no plano de Deus. 
A Declaração “Nostra Aetate” do mesmo concílio, reafirmou em maneira clara como “a Igreja de Cristo reconhece que os primórdios da fé e de sua eleição já se encontram nos patriarcas, em Moisés e nos profetas, segundo o mistério salvífico de Deus”. Reconhece a existência de “um grande patrimônio espiritual comum aos cristãos e aos judeus”, e por isso encoraja ambas as partes a fomentar e aprofundar o conhecimento e o apreço recíproco. Impelida pelo amor evangélico, reprova toda perseguição contra os judeus, como contra quaisquer homens, e qualquer manifestação anti-semita, (NAE n. 4). 
O papa João Paulo II, além de visitar a Sinagoga de Roma em 1986, pela primeira vez, por parte de um papa, chamou os judeus de “nossos irmãos maiores”, não por um ato de gentileza formal devida à hospitalidade que estava recebendo, mas como reconhecimento solene das comuns raízes nas quais afunda o mistério de Israel e o da Igreja.  
O magistério pastoral de João Paulo II, assim como o do papa Bento XVI, através de gestos de alto valor simbólico e dos seus ensinamentos, continuam encorajando os cristãos a recuperar o sentido da comum pertença ao único desígnio salvífico de Deus, e por isso a instaurar também novas e fraternas relações no comum testemunho ao amor de Deus.
Tudo isso faz parte da maneira de ser cristãos hoje, da nossa espiritualidade, do nosso estilo de vida, como filhos de Abraão e irmãos no Senhor.